Jueves, 16 de Julio de 2020. Brm 1000. Pueblo Nuevo

La decisión de hacer esta brevet la tomé a cuatro días de su comienzo, debido al tema del virus, porque no estaba muy seguro de si debía dejarla pasar o no. Al final la hice. Lo bueno es que conocía bastante bien el recorrido porque también la hice el año pasado y eso es una gran ventaja.

Dani

Salimos el día 16.7.2020 a las 20 h del Polideportivo de Algete alrededor de 20-25 ciclistas (había inscritos 30), cifra récord para este tipo de brevet tan larga (el año pasado creo que seríamos 16 o así). Decidí por primera vez quedarme en el grupo de cola, con Emilio, Ricardo y otros cuatro ciclistas veteranos de la larga distancia del club organizador Pueblo Nuevo. Ya nos conocíamos un poco, pero durante esas horas pude para aprender muchas más cosas de este tipo de ciclismo.

    

Ruta

Sin embargo, el ritmo era bastante lento y las paradas bastante largas para mí, por lo que empecé a echar cálculos y me salía que llegaríamos el domingo a Algete muy tarde. Yo quería evitar eso porque el año pasado, que llegué sobre las 16.30 h, nos hizo un calor brutal durante los últimos 50 km. Cuanto menos tardara, menos calor pasaría. Así de simple. Llevo muy mal las temperaturas extremas.

En el km 200 aprox. se quedó atrás Luisi y Berrio porque el primero venía sufriendo por la falta de sueño. Así que seguimos Emilio, Ricardo, Rufino y yo. Sin embargo, pronto nos quedábamos Rufino y yo solos por delante. Así, y luchando contra el furibundo viento de Castilla, llegamos finalmente al km 455 en Saldaña, sobre las 22 h, al hostal donde habíamos reservado para cenar y dormir. Yo, notando la fatiga, un poco la falta de sueño y un ligero dolor en la rodilla derecha que no se iría hasta el final de la brevet. El primer día fueron esos 450 km, la noche entera pedaleando a unos 5 ºC y unas 20 horas sobre la bici.

Hablando con Rufino, quedé en que buscaría otro grupo algo más rápido y pegunté al jienense Eduardo, que iba con dos catalanes, si podía acompañarlos. Así que ducha, cena rápida y a dormir. El despertador sonó a las 4 de la madrugada y a las 5 ya estábamos pedaleando hacia Herrera de Pisuerga, km 500. Frío, pero muchos repechos que nos hicieron entrar en calor. Se unió a nosotros Vicente, de unos 60 años, de Murcia, y Raúl, de Asturias, 62 años y que iba literalmente como una moto. Al principio esperándonos, pero al final decidió tirar solo.

Había que recuperar tiempo, pero al ser un grupo relativamente grande, se hacían más paradas y más largas de lo que hubiera sido deseable. El problema de ir en un grupo de más de cuatro es que es más difícil acoplarse y buscar consensos. Pensamos que haría mucho calor, pero por las carreteras de Burgos y Palencia apenas superamos los 32 grados que con el viento eran incluso agradables.

Llegamos a Quintanar de la Sierra, km 644, a buena hora, pero no había que despistarse mucho. Los puntos de control, que suelen ser pueblos a lo largo de la ruta, tienen hora de apertura y cierre, y pasar tarde por uno de ellos es motivo de descalificación. A partir de Quintanar comenzó la parte más bonita de la ruta, por cañones rodeados de montes boscosos, sin apenas viento y poco tráfico. Yo veía posible llegar a Almazán (km 799) antes de que anocheciera, pero requería no parar casi nada y mis compañeros no tenían ese objetivo.

Dani

A Eduardo tuvo que sentarle algo mal porque tuvo que vomitar varias veces, el pobre, pero es un tío muy duro y al final siguió para delante. Vicente lo pasaba mal en las subidas, pero luego iba como el que más en el llano. Gustau era algo nuevo pero se adaptó muy bien y Santi, el otro catalán, sus piernas fibrosas delataban una gran trayectoria sobre la bici. Confieso que llegué a obsesionarme un poco por llegar pronto a Almazán, por lo que les propuse que diéramos algunos relevos, pero la propuesta no fue acogida y me puse a tirar yo.

En el control de Gómara (km 760), por cuestiones de logística con mi mujer, quien tenía que recogerme en Algete el domingo, me vi obligado a intentar reestructurar mis tiempos para llegar antes de las 17-18 horas del domingo. Esto requería un esfuerzo especial, parar lo mínimo, "perrear" nada y dormir lo justo. Así que les comuniqué mi decisión a mis compañeros y salí solo para Almazán cuando ya caía la noche.

Los siguientes 240 km los hice solo. Al llegar a Almazán procuré cenar, ducharme y acostarme lo antes posible. Habían sido 350 km, varios de ellos tirando del grupo, con menos viento que el día anterior, pero con más desnivel. Me esperaba lo peor: la entrada a Madrid, que coincide con las rutas de otras brevets de Pueblo Nuevo (Masegoso, Brihuega y su subida, Humanes y Málaga del Fresno), un tramo duro de por sí, pero que suele ser criminal con 900 km en las piernas y el habitual viento en contra. A esto habría que añadirle el calor de julio para tener el cóctel explosivo que fue.

Salí de Almazán bien abrigado y soñoliento. La rodilla seguía molestando, los puntos de apoyo (culo y manos sobre todo) los llevaba ya bastante tocados y ello me obligaba a cambiar constantemente el modo de pedalear. Lo bueno es que en el siguiente pueblo importante, Sigüenza, conocía de otras brevets una magnífica pastelería para reponer fuerzas. También sabía que por Barahona hacía un frío del copón, así que me preparé mentalmente para las bajadas y las tiritonas.

Poco antes de llegar a Sigüenza me adelantó un chico de la prueba, del que no recuerdo el nombre. Iba muy sobrado y se le veía en gran forma física. Llegué a la pastelería con ganas de zamparme de todo, pero la vida es cruel y sabía que justo al volverme a subir a la bici venía una de las partes más duras de la ruta: la propia salida de Sigüenza, con una rampa del 8-9 por % y el resto repechones, más el alto de Mandayona, luego un falso llano con aire en contra y finalmente el control de Masegoso (km 894). Así que nada de comer en exceso.

Para no cebarme en las subidas inminentes me ponía a pensar en las que tenía por delante para que se me quitaran las ganas de quemar gasolina de forma irracional. La técnica funcionó muy bien. En los tramos duros había que templar y en los favorables, de vez en cuando, pero solo de vez en cuando, dejar de dar pedales. En todos los demás, había que intentar avanzar economizando las fuerzas o, mejor dicho, rentabilizando el esfuerzo.

Cuando llegué a Masegoso empecé a creer posible finalizar antes de las 17 h y evitar gran parte del calor que me esperaba al entrar a Madrid. Había que untarse en crema solar, quitarse ropa, comer; ahora sí que tenía que comer casi todo lo que llevaba conmigo. No soy muy amigo de las barritas ni los geles. Para toda la brevet me llevé 3 barritas y 3 geles y en toda la prueba me comí dos barritas y un gel.

Me costó mucho arrancar. La parada había sido un poco más larga que las anteriores, la musculatura se había relajado, los puntos de apoyo (léase culo y manos) se habían creído que ya todo había terminado y se quejaron especialmente cuando me volví a montar en la bici. Hasta los dedos de los pies empezaron a quejarse. Y todo esto cuando estaba a punto de entrar, en mi opinión, en la parte más dura de la ruta.

La subida a Brihuega no solo es dura de por sí con rampas de entre el 7-9 %, sino que al ser un pueblo muy turístico, estaba lleno de tráfico y de gente caminando por aceras, calles y carreteras, y se hace muy incómodo tener que sortear obstáculos todo el rato en medio de la pendiente. Una vez arriba, busqué la gasolinera para comer y beber y disfrutar unos  momentos de algo de sombra. Allí avisé a mi mujer de la hora aprox. de llegada, aunque prometí ser más exacto cuando llegara a Humanes.

Venía un poco de terreno favorable hasta Torija y sorprendentemente apenas sin viento. Pero sabía muy bien que debía entender estos signos como la calma antes de la tormenta. A pesar de esta certeza me obligaba a mantener un ritmo vivo de unos 26-29 km/h pues, pensaba, todo lo que pudiera avanzar quedaría como "saldo a mi favor".

La bajada a Torre del Burgo siempre es agradecida, pero esta vez, bajo un sol que ya empezaba a ser abrasador, fue imposible disfrutarla. Llegué cocido a Humanes, sobre todo porque el paso a nivel que hay antes de entrar al pueblo se cerró ante el paso de un tren, obligándome a esperar varios minutos bajo la solana. Desde este pueblo avisé a mi mujer de que llegaría entre las 15.30 y las 16 h, aunque estaba convencido de que podría llegar incluso a las 15 h (ingenuo de mí).

Un sándwich mixto (pensé que había pedido vegetal; así iba de la cabeza en ese momento) y dos cervezas 0,0 tostadas después, volver a arrancar fue muy duro. No sé si solo me ocurre a mí, pero algunas paradas me resultan demoledoras; muchas veces prefiero no parar en absoluto y comer durante la marcha.

La temperatura nada más salir de Humanes se alzó de manera brutal y ya por Mohernando era sofocante (según el Garmin, unos 38 ºC). El viento (la bicha que no quería ni mentar en mis pensamientos) se mantenía contenido con alguna racha por aquí y por allá. Y entonces llegué al giro a la derecha para adentrarme en el territorio hostil de Málaga del Fresno, esperándome un viento de cara descomunal. Pero no fue así. El viento soplaba de culo o no soplaba y yo iba cada vez más mosqueado. La zona son colinas y montes de trigo, cebada, con nada de sombra y el calor podía sentirlo entrar en la piel tanto por encima del casco como por debajo de las suelas de las zapatillas. Era como entrar en un horno con las dos placas encendidas.

De los dos bidones, decidí que el grande sería para refrescarme el cuello, las piernas y la espalda, mientras que el pequeño para beber. Ni que decir tiene que aquello parecía estar a la temperatura de un caldo de verduras recién hecho. Menos mal, pensaba, que conozco bien este sitio, porque si no, ya estaría pensando para mis adentros cómo denunciar al organizador por intento de homicidio. Pero había que encontrar alguna motivación y esa era la gasolinera de Viñuelas. Allí me esperaba un helado y todo lo que quisiera beber, y además fresquito.

Fue muy duro llegar a la gasolinera. Realmente duro. El asfalto es de esos recientes y de color muy oscuro que absorbe aún más el calor de los rayos del sol. El Garmin ya me marcaba 42,3 ºC. Al llegar solo quería comer, beber y no pensar en nada más, pero el joven árabe que estaba a cargo de la gasolinera no paró de hacerme preguntas.

Finalmente arranqué de nuevo. Los bidones llenos de agua fresquita que duró fría 1 km. El culo y las manos ya casi al límite... Y cuando estaba concentrado en el dolor de los puntos de apoyo alcé la vista y comprobé que el viento ya estaba aquí. Un viento racheado pero siempre en contra que parecía golpear con saña. Y a medida que avanzaba se hacía aún más violento. Hasta el punto en el que en algún tramo llano me era imposible ir a más de 18 km/h. Y esto desmoralizaba muchísimo: la fatiga, el cansancio, el calor brutal, el sol cegador, las bocanadas de viento cada vez más tórrido, el dolor en las posaderas y en las manos, la cinta de manillar negra que parecía una barra de hierro fundido...

Pero aún así tenía que encontrar elementos que me siguieran motivando. Uno era que ya me conocía la ruta y sabía donde apretar y donde ser humilde con las circunstancias, el relieve de la carretera y el nivel de exposición al viento. Otro era que en breve iba a llegar. Pasara lo que pasase y por muy duro que fuera, el final estaba a menos de 10 km...

Llegué a Algete poco antes de las 16 horas y mi mujer ya estaba esperándome. Para mí fue muy emocionante porque sabía que hace no mucho jamás me habría imaginado poder hacer algo similar. La sensación de estar allí, al final de la brevet, después de tantos momentos difíciles y tantas decisiones tomadas, unas acertadas y otras no tanto, fue muy gratificante.

Algunas estadísticas y anécdotas de este BRM 1000:

  • La bici pesaba 15,5 kg.
  • Esta vez fui con una bolsa sobre el tubo horizontal de la bici (normalmente uso 2).
  • En todo momento llevaba comida de casa (minisándwiches de jamón con mermelada, bolsa de frutos secos y trozos de manzana).
  • Siempre procuré tener disponible agua de sobra, aunque me pesara más la bici: un bidón de 1 l y otro de 750 ml.
  • Durante toda la ruta tuve que tomar 3 ibuprofenos para el dolor de la rodilla.
  • Varios corzos se me/nos cruzaron en varias ocasiones. Tuve un encuentro con un zorro, un ratón y distintas aves rapaces.
  • El olor de los campos y de la noche es muy especial y es una experiencia que recomiendo vivir a todo el mundo (no necesariamente sobre una bici).

En el mundo del maratón se dice que siempre existe un momento llamado "El Muro" en el que todo corredor lo pasa muy mal. En el mundo del ciclismo se le llama "El Tío del Mazo". En el mundo del ciclismo de larga distancia yo lo he llamado "Pero qué coño hago yo aquí" y suele manifestarse de noche o durante un chaparrón o cuando las circunstancias o situación te hace sentir especialmente miserable. Sabes que antes o temprano te va a pasar, pero luego terminas la brevet, llegas a casa, transcurren un par de días y ya estás como loco por participar en la siguiente brevet.

 

Daniel González Belinchón

20.7.2020

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